Sobre el arte de zurcir
Zurcir es un verbo que hace alusión al acto de aplicar una costura para reparar un tejido que está roto. Al zurcir, se unen los pedazos de la prenda rota o desgastada mediante puntadas entrecruzadas y juntas, intentando que estas queden disimuladas. El disimulo es, por tanto, una de las características esenciales para entender esta práctica, de la cual se tiene constancia desde el mismo momento en el que el ser humano fabrica ropas para proteger su cuerpo de las inclemencias del tiempo. Por tanto, el zurcir, es decir, el reparar, surge desde el mismo momento en el que hace acto de presencia el vestido o el vestir, que si bien este entendemos que aparece en la Edad Moderna, podemos suponer que eso de reparar ropa viene de mucho más atrás.
El análisis de una técnica que, a priori, puede ser la antítesis de lo elevado o sofisticado, es un arte en sí mismo que nos permite entender cómo han evolucionado lo que vestimos a lo largo de las décadas más recientes, pues aunque probablemente ya en el Paleolítico se reparaban las prendas, las abuelas de los millennials aún lo continuaban haciendo. ¿Por qué entonces es difícil encontrar en los tiempos que corren a una señora zurcir meticulosamente la punta de un calcetín con la ayuda de un huevo de madera? Queridos y queridas, es aquí donde entroncamos con el mismo problema de siempre: el fast fashion, porque si bien es cierto que la revolución industrial y las producción en masa de prendas más numerosas y asequibles eclipsa levemente esta práctica, no es hasta la llegada de la industria de la moda rápida cuando el acto de zurcir comienza a perderse en la noche de los tiempos.

Y esta reflexión puede sonar obvia, pero es necesario reivindicar cómo este arte ha sido damnificado por un estilo de producción textil en el que nos resulta difícil encontrar nada positivo. Tiempo ha, y repito, no es necesario trasladarse al siglo XVII, viajemos tan solo unas tres décadas, las personas tenían totalmente naturalizado zurcir sus ropas por muchos motivos, no necesariamente todos ellos a la vez: la calidad de la ropa era mayor, por lo que merecía la pena hacerla durar haciéndoles un mantenimiento de tanto en tanto; no todas las familias tenían posibles como para estar adquiriendo prendas habitualmente; y lo que es más importante y esclarecedor, no existían establecimientos donde se pudieran comprar ropas con tanta asiduidad. Recordemos, además, que comprar ropa siempre estaba justificado por la necesidad de una ocasión especial, cambio estacional o, sencillamente, porque tu madre decretaba que la ropa que tenías “ya no te valía”.
Cuando emergen los gigantes del fast fashion poniéndo patas arriba las reglas del juego en la industria de la moda, es cuando la calidad de las ropas que ellos producen convierte el acto de zurcir en algo inútil o sin sentido. También el acto de heredar ropa entre primos, hermanos y amigos, puesto que la obsolescencia programada de esas prendas producidas en el otro extremo del mundo, convierte el reutilizar en algo absurdo, ya que con dos usos ya está hecho un trapo. Y no contentos con ello, esto desemboca en que en las casas de hoy no se encuentre ni una mísera aguja ni hilo en una lata de galletas danesas, y por ende, que hayamos olvidado cómo remendar. Pero volvamos al acto de zurcir y pensemos en nuestras abuelas zurciendo camisas, pantalones… y aunque no nos queremos ir por las ramas, es necesario recordar que este aprovechamiento textil iba más lejos aún pues ya en el acto supremo de aprovechamiento, era habitual descoser los botones cuando la prenda ya estaba hecha jirones (con esto se hacían trapos de limpieza, ojo). Vaya, que esto del aprovechamiento se aplicaba con todo, no como ahora.

Pero vamos a lo que vamos: es el disimulo la clave en este arte del zurcir ancestral, quizás por esa idea de mantener la prenda en su apariencia original o porque quizás nuestras abuelas no eran conscientes del talento que tenían, menospreciando el conocimiento de una técnica que más de uno de nosotros querríamos poseer. Desde este prisma, es interesante analizar una tendencia actual llamada Mending, una suerte de remiendo moderno que parte del Kintsugi japonés, técnica y filosofía japonesa del siglo XV en el que la historia de cada prenda se celebra a través de una reparación visible y tangible. Aunque en Japón se asocia a la reparación de cerámica, el mending se lo lleva a lo textil y, a poco que pongamos este nombre en redes, podemos encontrar centenares de ejemplos de vaqueros y jerseys remendados con hilos de diferentes colores. De este modo, este trabajo, tan laborioso e invisibilizado en las décadas pasadas, toma un protagonismo absoluto en unas prendas que, en otro escenario, podrían haber acabado en la basura, constituyendo un alegato contra ese usar y tirar que tanto caracteriza, por desgracia, a las sociedades occidentales actuales.

